
El Día de Acción de Gracias siempre llega cargado de nostalgia, aromas familiares y un sentimiento profundo de gratitud. Para muchos, es un día que marca el verdadero inicio de la temporada navideña en Puerto Rico: la música de parranda de fondo, de vez en cuando algún villancico tradicional, las luces recién colocadas y la ilusión de estar juntos de nuevo.
Pero más allá del bullicio en la cocina, del pavo doradito o del olor irresistible del pernil, Acción de Gracias es, para los creyentes, un recordatorio de la misericordia de Dios, de Su fidelidad constante y de la invitación bíblica a presentarnos ante Él con un corazón agradecido.
La Palabra lo dice claramente en Filipenses 4:6 (RVR1960):
“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.”
Un versículo sencillo, pero lleno de dirección, consuelo y perspectiva. Incluso cuando la vida cambia, cuando atravesamos una pérdida, un diagnóstico inesperado o una transición emocional que nos sacude, Dios nos llama a venir a Él… pero no desde la queja, sino desde la gratitud.
Los recuerdos que nunca se olvidan
Cuando pensamos en Acción de Gracias, inevitablemente vienen a la mente esos recuerdos cálidos que parecen salir de una película:
- La casa familiar llena de voces, risas y conversaciones cruzadas.
- El corre y corre en la cocina mientras alguien pregunta dónde está la tapa del caldero, otro prueba el arroz con gandules para “ver si está bien de sal” y otro se roba un pedacito del jamón antes de que lo pongan en la mesa.
- El olor del pavo o del pernil mezclándose con el del sofrito.
- La “titi” que siempre trae su ensalada de papas o la famosa ensalada de coditos que nunca falta.
- El coquito que se enfría en la nevera mientras todos insistimos en que solo beberemos “un chispito”.
- La música navideña en el fondo que nos transporta directo a la niñez.
Son momentos que hacen que este día no solo sea una celebración… sino un tesoro emocional.
La mesa: símbolo de abundancia y de provisión divina
La mesa de Acción de Gracias siempre ha sido mucho más que comida. Es el reflejo físico de un Dios que provee, sostiene y acompaña. Tal vez este año no ha sido perfecto. Tal vez ha estado marcado por ausencias. Tal vez la silla de alguien querido está vacía por primera vez. Tal vez hay un diagnóstico que cambió la dinámica familiar. O tal vez estás cerrando un ciclo emocional difícil.
Pero aun así, cuando nos sentamos a la mesa, vemos con claridad que Dios no nos ha dejado. Que su gracia nos ha sostenido un día a la vez. Que aunque hubo lágrimas, también hubo fuerzas nuevas. Que aunque hubo procesos, también hubo consuelo. Y que, de alguna manera, Él siguió enviando provisión justa para cada día.
Agradecer incluso en medio de las situaciones difíciles
Acción de Gracias no es un día exclusivo para quienes tuvieron un año perfecto; de hecho, para quienes hemos tenido retos, este día puede significar mucho más. La Biblia nos invita a presentarnos ante Dios con gratitud no porque ignore nuestros dolores, sino porque la gratitud cambia nuestra postura interna. Cuando agradecemos, reconocemos que:
- Dios fue más grande que las malas noticias.
- Él estuvo presente en cada cuarto de hospital.
- Su Espíritu consoló cuando la ausencia de alguien dolía demasiado.
- Su paz guardó nuestra mente cuando la ansiedad quiso robar la calma.
- Su amor no nos soltó, aun cuando nuestras fuerzas flaquearon.
Gratitud no significa negar la realidad; significa reconocer que Dios estuvo en ella.
El valor espiritual de recordar
En el Antiguo Testamento, Dios constantemente invitaba a Su pueblo a recordar. Recordar lo que hizo. Recordar cómo los liberó. Recordar cómo los sostuvo. Recordar cómo los protegió.
Acción de Gracias se convierte entonces en un acto espiritual poderoso: una disciplina que fortalece la fe, que sana heridas y que nos ayuda a ver el año con una perspectiva más completa.
Cuando hacemos memoria, empezamos a notar todas esas bendiciones que quizás pasaron desapercibidas:
- La llamada inesperada que llegó justo cuando necesitábamos ánimo.
- El abrazo que nos sostuvo.
- La provisión financiera que apareció de forma oportuna.
- La oportunidad laboral que no esperábamos.
- La persona nueva que trajo luz y compañía.
- Esa puerta que se cerró… pero que en retrospectiva nos protegió.
Agradecer es reconocer que Dios estuvo en el detalle.
Un día para pausar, respirar y honrar a quienes ya no están
Acción de Gracias también nos invita a honrar la memoria de los que partieron. No desde la tristeza profunda, sino desde el agradecimiento por su vida, por lo que dejaron, por los momentos compartidos y por cómo, incluso hoy, su influencia sigue guiándonos.
El bullicio en la cocina, las conversaciones en la sala, la música navideña… todo tiene un matiz diferente cuando falta alguien. Pero también tiene un significado más profundo: la familia continúa unida, la vida continúa, y la gracia de Dios nos ayuda a sonreír incluso con el corazón sensible.
El verdadero centro: agradecer a Dios
Antes del pavo.
Antes del pernil.
Antes del arroz con gandules.
Antes de la ensalada de papas.
Antes del coquito.
Lo más importante es ese momento de mirar al cielo y decir:
“Gracias, Señor. Por lo bueno, por lo difícil, por lo aprendido, por lo vivido. Gracias por Tu misericordia, que es nueva cada mañana. Gracias porque sigues conmigo; porque incluso cuando no entiendo, Tú tienes un plan. Gracias porque no estoy sola. Gracias porque Tú eres mi provisión, mi paz y mi esperanza.”
Acción de Gracias es más que un día…
Es una postura del alma.
Es una decisión diaria.
Es una llave espiritual que abre puertas, que trae paz y que renueva la esperanza.
Y mientras compartimos los alimentos y las risas, mientras los niños corren por la casa, mientras alguien pone más música navideña y otro sirve el segundo vaso de coquito, hay una certeza que llena el ambiente:
Dios ha sido bueno. Dios es bueno. Y Dios seguirá siendo bueno.